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Cuento corto: "Y...la puerta abierta" (segunda parte)

Pintura de Leonid Afremov
SEXUAL DELICADEZA
La idea de la “puerta abierta” ya no alude a aquella del cuento corto original. Tampoco se descarta de plano: al contrario, se extiende. Katia dejó la puerta abierta, quizás no tan inconscientemente, para que Arnaldo accediera a ella misma. Y se enamoraron.

Después de su trabajo, el hombre regresa como de costumbre a la pensión “Frida”, donde vive. La mujer, como suele ocurrir, viene de la universidad a su residencia habitual, que es el lugar señalado. Pero hay una diferencia: no toman once. Simplemente, cada día y a eso de las 19 horas, se toman un jugo light y salen al parque más cercano a correr juntos como dos runners muy equipados (hasta con cronómetros invitados). 

-Yo ya soy una mujer, Arnaldo. Tengo 22 años, no soy una niña y, por mucho que mis padres estén pendientes de mí por llamadas telefónicas, whatsapp y todo, necesito tener mi vida propia.


-Lo sé, Katia. Y sé para dónde vas: que compartamos una sola habitación. 

-Bastará con que la señora Josefina nos haga un precio. Un 25 por ciento más de lo que paga uno por una habitación separada, estará bien -enfatiza Katia.

-No creo que haya problema. No es nada de lesa la señora. Además todo el mundo sabe que somos pololos -puntualiza Arnaldo, muy risueño.

-Sí, amor. No creo que haya problema.   

Y ha pasado alrededor de un mes desde esa conexión especial, que los llevó al flechazo. Esa vez Katia sabía que Arnaldo debía pasar frente a su pieza cada vez que éste iba directo a tomar once al comedor. ¿Tan descuidada era Katia que, estando desnuda, no se dio cuenta que a esa misma hora él pasaba frente a su dormitorio estando la puerta abierta? (y no ocurrió una sola vez). Pero saberlo hoy ya no tenía sentido: están enamorados.

Es una bonita relación "Tan lindos que se ven", dice la gente que vive en la pensión.. El trote diario ya es casi una tradición. Y la posibilidad de estar juntos cada vez que pueden, es más que todo eso. Y, al respecto, ya se programan: un día en la habitación de él y, al siguiente, en la de ella. 

No obstante, el mismo día que decidieron si compartirían una sola pieza, tardaron dos horas más de lo acostumbrado en volver a la casa. La señora Josefina "prendió la luz de alerta": consultó a algunos de los inquilinos que coinciden con la pareja a la hora de la once. 

-¿Dijeron que tardarían?. ¿Iban acaso después para otro lado, al margen del parque donde trotan habitualmente?

Ninguno sabía. Pero la señora Josefina atenuó su molestia un rato. “Son bien jóvenes todavía. Arnaldo podría ser mi hijo”, pensaba. “Pero, ¿cómo es posible que se lleve a la chica tan lejos?. Ella es más niña todavía y, cuando no la llama la mamá, la llama el papá. ¡Y Arnaldo también es padre! Este niñito debería pensar eso un poco más”, reflexiona la dueña de la pensión “Frida”.

De pronto, poco entendida en tecnología, con la ayuda de un joven inquilino -estudiante, igual que Katia- logra encontrar en su celular los números de teléfonos y respectivos whatsapp de Katia y Arnaldo. Llamados y mensajes se sucedieron por cosa de media hora, pero sin respuestas de por medio de parte de los muchachos. 

La señora Josefina le entrega llaves a todos quienes van a parar a su pensión. “Pero tampoco se trata de que hagan lo que quieran. A cierta hora esta residencia, por el bien de todos, debe estar con toda su gente adentro”, concluye molesta. El muchacho que le ayudó a conectarse la mira atento pero sólo asintiendo con la cabeza. “Menos mal que sus padres no la han llamado”, agrega la mujer.

De pronto se abre la puerta de entrada y, automáticamente, la tensión baja, aunque la cara de molestia de la señora Josefina se mantiene.

-¡Buenas noches, jóvenes!

-¡Buenas noches, señora Josefina! –responden al unísono Katia y Arnaldo.

-Como que da la impresión que estuvieron juntos –dice con ironía la dueña de la pensión.

Los muchachos sólo atinan a reír. 

-Pero debieron haber avisado que llegarían como a las 10:30. Los llamé y mandé "guasap" a los dos varias veces.

-Ruego que nos disculpe, pero no nos dismo cuenta porque...a lo mejor no había señal... Estuvimos en el cine –responde Arnaldo.

-Además, recién estoy recibiendo sus mensajes –complementa Katia.

-Y los dirigidos a mí, también –refuerza Arnaldo.

-Chicos: yo sé que ustedes son grandecitos. No debo pasar el abecedario y la tabla del uno con ustedes, pero para la próxima deben avisar…Y no lo digo por mí, lo digo por tus papás, Katia – asevera la señora Josefina.

-Disculpe, señora Josefina, pero no volverá a ocurrir –enfatiza serio Arnaldo. Katia sólo asiente.

-Ok. Disculpados –responde la dueña de la pensión con una sonrisa algo forzada. Y después se retira de la recepción: va directo a su habitación. La joven pareja queda sola.

-Creo que no sería bueno que le digamos todavía que queremos compartir habitación –opina Katia.

-No lo haremos todavía. Creo que la señora Josefina estará algunos días “malas pulgas” -afirma Arnaldo, con la risa de vuelta.

-Además, la película estuvo tan buena –subraya Katia.

-Sí, aunque un poco corta –puntualiza el risueño Arnaldo.

-Bueno, tienes razón: duró como una hora y media. Hubiese querido que durará toda la noche –se queja, aunque igual de sonriente, Katia.

-Sí. Además estuvo todo lindo: el color de las sábanas, la música de fondo, la pieza y hasta las pantallas de las lámparas –agrega Arnaldo.

-¿Y los protagonistas? –pregunta Katia.

-Ella, sobre todo, hermosa –responde Arnaldo.

-¿Y él? Muy guapo –añade Katia.

-Y el fuego del amor irrumpió fuerte…-dice Arnaldo, convertido en todo un poeta.

-¡Vaya metáfora! –se admira la muchacha.

-Ellos deberían seguir. ¿Crees tú los mismo? -consulta el joven.

-Y todo el rato que quieran –afirma ella.

-¿Acepta la segunda parte en mis dominios? –pregunta él.

-Encantada –responde la joven.

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