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22 enero 2026

Alvin Ruffalo y el sentido de “Tracción a sangre”

Gustavo Cerati (Andina Agencia Peruana)
Por Gonzalo Figueroa Cea

15 de noviembre de 2016

Gran seguidor del rock, deseoso de escribir sobre Gustavo Cerati, encontró los argumentos perfectos para lanzarse en la inspiración.

Alvin Ruffalo tiene unas ganas enormes de escribir sobre Gustavo Cerati a raíz de unos recitales que vio en Youtube. No sólo lo seduce la música provista de efectos y sutilezas arropados con elegancia, el carisma del argentino, sus letras abstractas y la potencia de su banda, sino que el shock que le causó «Tracción a sangre». ¿Cuál es su “juego de seducción” (poniéndose a tono con el personaje que admira)? “Otra ruta, otro pueblo, otro cuarto de hotel/vida nómada/un santuario de desechos me dejó”, piensa Alvin.

Todavía fascinado por el afecto con que su amigo Chris Replay le detallaba a él y su amiga en común, Cameron, el sentido que las canciones del malogrado músico tenían en su vida, Alvin está deseoso de escribir y ese mismo día, el del asado nocturno entre compañeros de la básica en casa de Replay, ya había acumulado una buena dosis de argumentos. “El sol no tiene oídos pero su lengua me atrapó/crece la escasez/hasta la palabra vacío me llenó”…Esa primera estrofa se repite majaderamente en el universo mental de Ruffalo.

Alvin se había quedado pegado en el sentido básico (y también el profundo) de «Si no fuera por», tema de Soda Stereo, agrupación que lanzó al estrellato al hoy recordado y querido guitarrista, compositor y cantante que el melómano Ruffalo recordaba con insistencia. La canción era de tiempos en que era casi niño, al igual como ocurría por entonces con sus amigos de la reciente fiesta. Corría el año 1985 y el trío de rock trasandino que lideraba Cerati se “comía” Sudamérica y ya penetraba Estados Unidos con un par de temas en inglés.

Otras canciones seductoras

En el asado reciente Chris aplaudió el entusiasmo con el que Alvin cantaba: «De vez en cuaandoo viene bien…¡oh!, ¡uoh!…». He ahí una letra que es casi como una invitación a hacer el amor sin prejuicios, ni bloqueos, ni pudoroso sentido del ridículo ni tensión alguna. «Juguemos y disfrutemos el amor, dice provocativamente ese tema», coinciden al respecto unos buenos amigos de Alvin: Robin, Brad y Orestes.

Aunque las lecturas de la letra de una canción, sobre todo si es de Cerati, suelen ser de lo más diversas, justamente Orestes le había hablado a Alvin acerca de alguna similitud entre el tema referido y «Hay que salir del agujero interior» de Virus. “A la vida hay que hacerle el amor/sin drama con locura y pasión/jugar con la imaginación/sin tener que pedir perdón”, cantaba en los 80 Federico Moura, quien hoy debe estar haciendo duetos con Cerati en el cielo.

Pero, a su vez, Robin, dueño de una pequeña pero fabulosa disquería, algo le habla hablado de «Tracción a sangre». Al respecto, Chris le exclamó a Alvin en la fiesta «¡pero si éste es un temazo, viejo!». Claro, a Chris le hace mucho sentido el tema. “Talvez lo más suicida sea decirte la verdad/preferí callar/a esta hora de la vida es lo mejor”, cantaba el dueño de casa en la fiesta de la ocasión.

Se habían ido casi todos. “Soy todo un poeta, compadre”, le decía Chris a Ruffalo y, a la vez, le ofrecía un whisky. Claro, como dice la canción, la tarde cayó (es pasadita la medianoche) y en la pampa no hay silencio, por lo que el potente sonido del parlante da esa idea que remata el tema en sus estrofas finales:

Llega la noche

Respiro libertad, respiro libertad

Y no miento


Siento que pasan los días

Y sigo adelante tracción a sangre

Tras una melodía

Creo que te hice tan mía

Que por un instante te olvidé

El abrazo de la amistad y el cantar fuerte a dúo esas mismas estrofas, más allá de las provocativas contradicciones a las que éstas nos pueden llevar (todo siempre muy subjetivo como atractivo, sin duda), son una clara postal de la potencia contagiosa de esa canción.

¡Salud!

14 enero 2026

Led Zeppelin: a lo mejor Chiloé es Gales

Led Zeppelin 1979 (sitio radio Futuro)
Por Gonzalo Figueroa Cea

16 de agosto de 2013

Corría principios de 1994. Estaba junto a mi familia en Chiloé y conocimos a unos gringos hippies. Sobre rock y un poco de idiosincrasia chilena fue la conversación.

Chiloé es hermoso de belleza natural (aunque suene redundante). La isla grande del sur de Chile destaca por su verde intenso, sus modestas y coloridas viviendas (algunas palafitos y otras trasladables: mingas que les llaman), los caminos recónditos, el imponente transbordador que cruza el muy inquieto canal de Chacao, las artesanías, el Caleuche, sus centenarias iglesias, la cultura de los huilliches y la buena onda de su gente en general.

A principios de 1994, pleno verano, pernoctamos en una hospedería junto a mis padres, mi hermana, mi cuñado y mi primo Alejandro, tras observar la estrellada noche chilota (o chiloense, como hubiese dicho Fernando Paulsen).

A la mañana siguiente nos encontramos a la hora del desayuno con unos jóvenes estadounidenses, casi treintones y con pinta de pelilargos californianos estilo anti-Guerra de Vietnam de fines de los años 60. Los más entusiastas en querer conocerlos éramos mi primo Alejandro, de 15 años de edad, y yo, quien recién me empinaba en los 22. Empezamos a charlar animadamente.

-Ustedes hablan muy rápido -nos dijo sonriente John, de notable parecido a Ginger Baker, el legendario baterista de Cream.

-¿Tú crees?, je, je. Bueno, yo pensaba algo parecido respecto de ustedes -le retruqué yo, también sonriente.

-A mi dan risa algunas expresiones de ustedes -añadió John.

-Je, je, ¿cómo cuáles?

-«Altiro» y «cosa naquever».

-¡Jajajaj! ¿Escuchaste, Gonzalo?…»Altiro» y «cosa na’ que ver» –indicó Alejandro.

-Je, je…Y tienen razón: son divertidas. Oye, ¿les gusta el rock? -les pregunté.

-Sí. Por ejemplo, gustarme mucho Creedence Clearwater Revival -me respondió John.

-Sí, la banda de John Fogerty. Son muy populares en Chile.

-¿Sabes? La encuentro mucho mejor que otro conjunto, que debes conocer: Huey Lewis and The News. Creo que Creedence es mucho mejor -nos confesó el rubio forastero.

-Sí, a mí también me gustan más los Creedence que los Huey Lewis. Lo que pasa es que Huey Lewis es más taquilla -le respondí.

-¿¡What!?…No entenderte -dijo preocupado pero sonriente John.

-Más comercial que Creedence…Huey Lewis more showbusiness -respondió Alejandro.

-Claro. Las canciones de Huey Lewis se escuchan en películas como «Back to the future» o «Beverly Hills Cop» -añadí. Aunque todos reconocieron que son filmes muy entretenidos.

-Ah, yeah…¿Y a ustedes cuáles grupos les gustan?

-A mí varios, pero sobre todo Pink Floyd y Tangerine Dream, y músicos como Klaus Schulze -respondió Alejandro.

-A mí también me gusta Pink Floyd, aunque mis grupos de cabecera son los Beatles, Genesis y Rush. También me gustan Yes, Emerson Lake and Palmer, Jethro Tull, Marillion, Kansas, Toto, Deep Purple, Led Zeppelin -le dije muy convencido a John.

-A Mary le gusta mucho Led Zeppelin. Es su grupo favorito -respondió John, apuntando a su novia, de notable parecido a Janis Joplin aunque en una versión extremadamente delgada.

-¡Ah!, ¡grande Led Zeppelin! -dijimos al unísono Alejandro y yo, muy sonrientes.

-¡Extraordinary! -respondió ella muy sonriente. Las carcajadas no se hicieron esperar.

-Oye, ¿cuál disco te gusta más?

-«Led Zeppelin III» -señaló con seguridad ella.

-Me gustan todos aunque especialmente el «IV» y el «II» -les dije.

-Y los cuatro son grandes músicos -expresó Mary.

-¿Y cuál te gusta más?

-Robert. Él canta muy bonitou. Pero son todos grandes músicos.

-Bueno, John Bonham es un gran baterista -sostuvo Alejandro.

-Y John Paul Jones, un gran bajista y tecladista -advertí yo.

-Ni hablar de Jimmy Page, que toca con pasión su guitarra y hasta ha ocupado un arco de violín para ejecutarla -retrucó John en su pausado pero seguro español.

-Led Zeppelin es tan legendario como Creedence -agregué.

–Y también son mejores que Hues Lewis and the News -respondió John, lo que antecede a potentes carcajadas de todos.

La conversación continuó muy ágilmente. Ellos estaban felices de estar de vacaciones en el sur de nuestro país, como estuvieron por entonces compatriotas suyos como el cantante John Denver o el actor Martin Milner (el oficial Pete Malloy, en la famosa serie policial setentera «Área 12»).

Cuando vi a Mary no dude en acordarme de Robert Plant y de la portada del clásico disco zeppeliano «Recintos de lo Sagrado» (Houses of the Holy) de 1973.

A lo mejor hay una conexión entre Led Zeppelin y Chiloé. Quizás la travesía por el canal de Chacao se parezca a la travesía marina de Plant, vestido de héroe medieval en la película «The Song Remains the Same». Un amigo zeppeliano me decía que esa parte del filme fue grabada en Gales.


02 septiembre 2025

Fracción de segundo

Ciclismo (sitio Pixabay)
Por Gonzalo Figueroa Cea

La luz verde del semáforo ya ilumina para que una veintena de peatones de una acera y otra crucen la poco agraciada esquina de Amunátegui al lado de la Alameda. Son las seis y media  de la tarde, la muchedumbre típica de un lunes de marzo es la que avanza de lado y lado, y nadie piensa en algo inesperado al margen de un conjunto de acciones muy predecibles y mecánicas.

Sin embargo pasa una fracción de segundo y, mientras los ansiosos pero mayoritariamente observadores peatones cruzan la primera calle referida, se siente desde el sector de la calle colindante, donde debiese haber gente parada esperando su turno para cruzar, un grito parecido (no igual) al de un histriónico futbolista cuando un adversario lo derriba sin pelota.

Se trata de un ciclista de aquellos que se jactan de contar con su indumentaria completa y con colores llamativos, quien al no sentirse satisfecho con la posibilidad de no poder cruzar la Alameda a la velocidad deseada porque le tocó la luz roja, no renuncia al deseo de cruzar con su bicicleta a esa misma velocidad y,  con la prepotencia característica de quien considera propiedad privada un bien público: nuestras calles, grita (el mismo grito aludido) para advertir al resto de los mortales que tienen que abrirse camino para que él pase veloz... aunque la luz verde es para el resto, no para él. 

Igualmente, en esa mismísima fracción de segundo, hay personas que alcanzan a molestarse: “¡qué se cree este hijo de p...!","¡está loco este c... de su... ! " y otras expresiones por el estilo abundan entre los pensamientos y dichos rápidos sin pensarlos (valga la redundancia). No obstante, nunca falta el ingenioso que desafía al villano de turno, quizás mediante una respuesta cuestionable pero siempre con un objetivo que pudiese definirse así como "hacer justicia en favor de las mayorías silenciosas". Un "Robin Hood a su manera", dirían por ahí.

Lo cierto es que ese hombre, que por casualidad lleva una caña de bambú, no encuentra nada mejor - y al más puro estilo de Indiana Jones cuando lo persiguen los motociclistas nazis en "La Última Cruzada"- que introducir hábilmente el palo al medio de los rayos de la rueda delantera de la bicicleta del mencionado sujeto para que aquel dé una vuelta en el aire y se saque cresta y media en el duro plomo de la calle.

-¡Concha de tu madre! - se queja amargamente el ciclista herido, quien a pesar de las naturales reacciones de auxilio a su favor, provoca risotadas y gestos de indiferencia casi al nivel de témpano de hielo por parte de los varios mortales que pasan por allí y que lo ubican bien, no sólo por lo de hoy sino que desde hace mucho tiempo y por distintas clases de "audacias".
 
-Es que no es primera vez. Ha copiado las mismas malas costumbres de muchos choferes de micro y de taxi y hasta conductores de vehículos particulares: creerse dueño de la calzada y que el resto de la gente esté a su merced - enfatiza el dueño de un quiosco, conocido por sus reflexiones de gran profundidad en torno a las experiencias callejeras.

-Lo fui a socorrer, pero le dije allí mismo que yo no puedo representarlo a él. Está loco. Yo soy presidente de una organización de ciclistas. Pero no podemos fomentar la prepotencia. Él se la busco - sostiene a su vez el hombre que, sólo algunos días después, se referirá a estas "audacias" en una charla sobre educación vial, que tendrá lugar en un colegio.

El hombre que provocó el reciente incidente va a enrostrarle al averiado cletero unas cuantas faltas que ya había cometido, pero lo separan porque consideran que sería demasiado castigarlo más por el estado en que el deportista se encuentra. Pronto llegará la ambulancia. 

-Parece que esos dos se tenían ganas - infiere un transeúnte. 

-Lo que pasa es que esos dos ya habían protagonizado un altercado de tránsito muy confuso - responde el dueño del quiosco. 

-¿Y quién tuvo la culpa? 

-El mismo ciclista.

-¿Y lo asumió? 

-No. Esa vez trató destempladamente a una señora que tenía la preferencia al caminar por la calle. 

-¿Y cómo se involucró el otro tipo? 

-Fue testigo. Pero se bajó de su camioneta y, al igual que ahora, quiso golpearlo. De hecho lo botó al suelo, pero unos amigos del ciclista lo separaron. 

El deportista se salvó de una golpiza esa vez, pero del porrazo de hoy, no.

Conclusión: quizás los ciclistas, avezados o aficionados, tengan razón al reclamar más espacios y respeto en las vías, pero al momento de los "quiubos" algunos de ellos le crean mala fama a quienes usan el mismo medio de transporte. ¿Cómo? Copiando lo peor de los chóferes de micro, taxistas, colectiveros, conductores de vehículos particulares, motociclistas y hasta de los mismos peatones. 



24 julio 2025

1999

Sitio Bodas.com.mx
Por Gonzalo Figueroa Cea

Saben que el lugar no es el adecuado, pero la idea les resulta audaz y atractiva. A veces el riesgo tiene esos matices. Dos cuerpos se atraen y se desean. Punto. Pero es el único lugar que es un obstáculo para materializar lo que tanto les gusta, lo que desde casi un mes es “pan cada día" fuera de ahí. ¿Y por qué? Porque hacer el amor en el trabajo está fuera de norma.

Son bellos, cada cual apenas se empina sobre los 30 años de edad, tienen puestos envidiables: él es jefe de división, ella asesora, no creen que sea la mejor edad pero cierta energía juvenil se mantiene y, aunque ya tienen descendencias y recientes relaciones de pareja con finales nada halagüeños, pareciera que la motivación, en lugar de ceder, aumenta.  

Lo han intentado: en días anteriores, cerca de las siete de la tarde y ante muy poca gente en el edificio, las ganas y las pulsaciones para aquel fin parecían las apropiadas. Sin embargo, informes, un alcalde muy molesto que pidió una reunión con la autoridad, el presidente de la cámara de diputados que solicitó una documentación clave, una unidad que imploró recursos para una capacitación bien extravagante y una asociación gremial que cuestionó un contrato, sucedieron en una sola jornada y, situaciones similares, en otras más. La fatiga laboral y algún estrés fue determinante. ”¡Que tontera!, ¡jdejémoslo todo para mañana!”, dice ella. ´”Sí, de todas maneras. Estoy reventado”, responde él.

Demóstenes escuchó en un seminario de días atrás, de esos que considera “una lata” porque tiene que ir obligadamente aunque de repente escucha allí “cosas interesantes”, que la telefonía móvil apunta a convertirse en algo más que un artefacto de llamados, escuchas y escasos datos. El relator experto argumentó que, dentro de algunos años más, habrá allí Internet, aplicaciones de mensajería de datos y voz muy modernas, otras para pagar servicios en línea, la posibilidad de sacar fotografías y hacer videos de alto estándar, y hasta programar reuniones. 

-Así sería más fácil controlar todo…y tener más tiempo para nosotros -vaticina él, risueño, mientras el ordenador se apaga.     

-Soñar no cuesta nada –agrega Vilma, incrédula y con cara de sueño, mientras espera a Demóstenes para irse juntos.

La ida al motel ya dejó de ser un subterfugio. A esta altura no hay necesidad de engañar a alguien. Él le importa a ella y viceversa. Nada más. Ahí sí tienen tiempo para descansar, al menos un par de horas, y después concretar lo que más le gusta juntos. Evidentemente lo pasan bien, pero los dos son proclives a emociones más fuertes o, por llamarlas de otras maneras, osadas e irreverentes. Claramente desean algo que los desafíe.

-¿Y tus hijos?

-No tenía que ir a visitarlos hoy. ¿Por qué crees que estamos acá? -dice y ríe al final Demóstenes. Ambos ya están instalados en la cama circunstancial.

-Son tres, ¿eh?. Que fácil para los hombres -se queja Vilma, aunque está risueña.

-Además a Flavia le toca mañana llevarlos al colegio -retruca él, más risueño que ella.

-En mi caso, mi mamá está al cuidado de María José. Que bendición que esté ella. ¿Rubén?...tú sabes: es la nada misma y la cosa ninguna.

-Supongo que le dijiste a tu mamá  y a la José que hoy vuelves a casa.

-Desde luego.

-Menos mal que trajimos ropa de recambio...con lo fijados que son en la oficina -comenta Demóstenes. Tienen claro que al día siguiente irán directo al trabajo.

-Y si alguien pregunta por nuestros bolsos...fuimos juntos al gimnasio - enfatiza Vilma antes de unos sonoras risas de ambos.

-Pero será la úlltima vez...antes de la primera donde ya sabemos.

Tras un beso, vino el amor cuerpo a cuerpo. 

Llegó el momento

Es viernes. El ejetreo de oficina termina antes. Rosita se fue pasadas las seis. Demóstenes había hecho gala de un gesto ridículamente distractivo cuando la secretaria se despedía. "Jefe: me retiro", dijo Rosita. "....¡Ah!...sí, por supuesto....¿le queda algo más por hacer? ...pero ¡que absurdo lo que le pregunto!...que tenga un bello fin de semana", responde el hombre aparatosamente.

Don Pepe, a quien Demóstenes le pidió que dedicara la jornada a limpiar una persiana, cumplió con su deber y se fue a las 6:15. Exactos cinco minutos después aparece Vilma.

-Al fin -dice ella sonriente.

-¿Ni un alma más?

-El contador del fondo, pero está casi al otro lado del piso.

-Además ese huevón se va tarde. Y cuando sale de su oficina es para ir al baño que está en el piso de arriba.

-¡Ah!, ¿y el guardia de turno?

-Pero ese gallo está abajo y rara vez sube.

-No recuerdo que alguno de ellos haya hecho rondas algunas vez -reflexiona Vilma.

-Y no será la excepción -enfatiza Demóstenes con serena firmeza.

Intuitivamente se acercan a una oficina pequeña usada como bodega. Allí yace, casualmente libre de cosas encima, un sillón de cuero abundante, que solo algunas semanas atrás era parte de una recepción. 

Por instinto ella lo empuja suavemente al lugar. Él se deja caer. Ella no se saca la blusa, pero si la falda con una destreza casi artística. El, con menos eficacia pero igualmente con rapidez, se despoja de zapatos.y pantalones. Los jadeos dan paso a besos apasionados. La puerta de la oficina está cerrada, pero no lo está la de esa bodega improvisada. Él se inquieta, ella toma la batuta.

-Olvídate, déjate llevar -susurra Vilma. La transpiración veraniega libera aromas que mezclados con la artificialidad del perfume resultan igualmente irresistibles. Él, pese al evidente entusiasmo, intenta decir algo. Ella, montada sobre él, le pone el índice en la boca. "Olvídate de todo lo demás", vuelve a susurrarle. Él le agarra las nalgas como quien agarra dos balones fútbol que atesora: las acaricia,  las pellizca, hace figuras sobre ella. Todo es poesía visual.

Fuera de allí, si el entorno fuera una persona, impertérrito es la palabra más apropiada. Cualquier cosa que pudiese interpretarse como sorpresiva o intempestiva, no tiene por donde encajar allí.

A los cinco minutos la poesía se viste de sus palabras más arrojadas. La desnudez es solamente como el cimiento. Si al inicio equivalía al movimiento andante de la sinfonía, ahora ya están en el allegro más energético, estilo Beethoven, aunque  sin necesidad de música. La imaginación queda pequeña. Irrumpen los besos hasta en las partes más inimaginables para aquello. No se avergüenzan, no hay espacio para pudores ni siquiera de caricatura: parecen como fundidos de un sexo volcánico, si fuera necesario resumirlo con una figura. Juntos: ella arriba o él abajo, o viceversa, son como la máxima escultura jamás hecha sobre el amor.

Enterada media hora donde la imaginación queda corta, bajan la intensidad del encuentro corporal. Lograron derrotar con holgura a su propio pesimismo previo. No hubo un clímax: hubo varios. La energía volcánica dio espacio a caricias en laa mejillas, en los cabellos, en la espalda y en el pecho de Demóstenes, y en los senos, muslos y nalgas de Vilma. Y algo más. Están sonrientes pero serenos. Tienen tiempo para platicar varios minutos.

De pronto sienten que golpean tímidamente la puerta principal. Ambos no se paran del sillón de forma automática, pero al menos levantan sus cabezas y espaldas, inquietos. Se miran con alguna dosis de pavor mesurado. Comienzan a vestirse casi sin necesidad de pensar en el simple hecho de decidirlo. Durante varios segundos más tienen la esperanza de detectar que fue solamente el viento. Pero algunos segundos después aquella ingenua fe se diluye: otro golpe de puerta, aunque esta vez más determinado.

-¿Señor Vildósola?...¿Señor Vildósola?

Vilma está próxima al pánico. "Tranquila. Cerraré esta puerta para que podamos terminar de vestirnos", afirma Demóstenes  "Agarra el desodorante ambiental y espárcelo", le pide ella. "Trataré que no suene tanto", responde él. Ella, por las dudas, abre una ventana y también su persiana. 

-¡Don Demóstenes!...¡Don Demóstenes!...¿Está allí?

Los segundos parecen minutos. Un minuto, un caldo de problemas a resolver...ojalá en menos de 20 segundos. Por fortuna ya están vestidos y aprovechan de perfumarse sin alarde. "¿Qué harás?", pregunta inquieta ella. "No lo sé. Ya se me ocurrirá algo", responde él. Detenido en la puerta, hace unas muecas serio, casi deformando la cara y pareciera que hablara pero sin elevar la voz. "¿Qué dijiste", pregunta extrañada Vilma. Él hace un chasquido con los dedos. "Lo tengo",  puntualiza. "Salgamos. No digas nada", agrega, próximo a la puerta. Unos cinco pasos y llegan a la puerta principal de la oficina y que da directo al pasillo. Abre con sigilo.

-Señor Vildósola...-dice Farías, el contador, con los ojos bien abiertos, aunque más sorprendidos que escrutadores (aunque no debiese haber mucha razón para sorprenderse). Lo acompaña Moya, el guardia, quien mira para atrás de Demóstenes y Vilma, como quien buscara algo. Demóstenes mira fijo a los ojos de Farías y con seguridad, pero sin molestia. Ella está algo dubitativa.

-Señor Farías: siento la tardanza en responder. Estábamos en la pequeña bodega que tenemos acá, buscando una carpeta muy importante, que por fortuna encontramos -responde Demóstenes, con tranquilidad y firmeza, aunque, detrás de él, Vilma hace una mueca que pareciera señalar que eso de encontrar una carpeta estuvo de más. 

-En realidad los de las explicaciones deberíamos ser nosotros. Lamento interrumpirlos, pero se trata de algo delicado - responde Moya con una seriedad al borde de lo irrisorio. 

-...cuénteme -pide Demóstenes, ya con algo de seguridad  que bordea lo dubitativo.

-Hemos descubierto el robo de un computador -responde Farías. 

Revelado esto, tanto Demóstenes como Vilma sienten corporalmente una sensación de alivio enorme. El tema de fondo es lo suficientemente delicado como para alterar a cualquier funcionario de gobierno de rango mayor, como él o como ella, dado el nivel de responsabilidad que tienen en el cuidado de los bienes de la institucón. Pero como no los descubrieron haciendo el amor, al menos pueden tomar el robo como un accidente menor o algo que puede tener solución. Ella, como está detrás de él, logra disimular cierta sonrisa de satisfacción.

-Y fue en la oficina que está al lado de la suya- enfatiza Moya,quien con el dedo indica una dependencia  justo colindante con el sector donde Demóstenes y Vilma hicieron el amor. Aunque el hecho denunciado no evidencia lo que más les preocupaba, ambos vuelven a inquietarse.

-¿Y cómo descubrieron el hecho? -pregunta ella.

-Fui rato atrás a buscar unos documentos de un subordinado mío y ahí me di cuenta que no estaba el artefacto.  No fue difícil porque, además de notar el hecho, está conectado a la oficina del lado a través de unos orificios redondos muy notorios -enfatiza serio Farías. Vilma y Demóstenes se miran con cómplice inquietud.

-¿Hace cuánto rato atrás?- preguntan a coro el hombre y la mujer. El contador queda algo pensativo.

-...unos 40 minutos más o menos -responde finalmente.

-....ya -retruca dubitativo Demóstenes. Mira inquieto a Vilma, cuya preocupación es evidente. Saben que nada pueden decir: quedan expuestos si lo hacen, aunque el tema de mayor interés no sea el de su principal preocupación.

-Disculpen…¿acaso detectaron algo fuera de lugar?, ¿algún ruido? –pregunta el guardia, con la mano en el mentón.

-No. Solamente nos extrañamos porque, al igual que a ustedes, nos pareció todo muy extraño – responde ella con una risa nerviosa.

-¿Se habrá producido el robo en el rato que estábamos buscando algo en nuestra pequeña bodega? –pregunta Demóstenes.  

-No tenemos antecedente alguno. Solamente lo que le señalé: que me acerqué a esa oficina, contigua a la suya, y no encontré el computador –añade el contador. Las caras de la pareja de amantes se tornan notablemente más tranquilas, como queriendo decir “nunca se dieron cuenta que hicimos el amor”.

Simultáneamente a una meticulosa conversación entre los cuatro, donde definen los pasos que desde ese momento deben dar: información a la autoridad, a las jefaturas respectivas, ejecución de un protocolo y evidentemente un llamado a la policía, entre otros, Vilma y Demóstenes preparan rápidamente sus pertenencias para marcharse.

-Ya sabemos qué hacer –puntualiza serio, sin alterarse, Demóstenes.

-Señor Vildósola, señora De la Vega: vayan tranquilos, muy tranquilos -dice Farías.

-Gracias, hasta la vista -responde Demóstenes, mientras Vilma hace el gesto de despedida con la mano.

Una vez que ella solo dirige su mirada al ascensor para bajar con Demóstenes, este, como si tuviera un extraño tic, se da vuelta para volver a despedirse con la mano de  Farías y de Moya. Ambos, casualmente, se olvidan de la seriedad excesiva de segundos atrás: Farías sonríe a Vildósola con un gesto aprobatorio y, Moya, le guiña a este un ojo, sonríe y pone el pulgar derecho hacia arriba, ambos como si estuvieran festejando una gracia.

10 junio 2025

Avispón Dorado

Guitarra Azul (Don Disfraz)
Por Gonzalo Figueroa Cea

Román aprendió a tocar guitarra a los 14 años de edad. Había recibido de regalo en su reciente cumpleaños una clásica de parte de su tío Braulio. No fue casualidad: aquel hermano menor de su madre tenía un grupo de perfil zeppeliano. A los 10 años el muchachito había quedado alucinado en un festival de rock donde actuó la banda de su tío y sobre todo por la forma de tocar el instrumento por parte de aquel.

Pero había una frustración también: la carrera de Braulio nunca prendió del todo: tres participaciones fallidas en concursos de cazatalentos, un contrato con un sello que quebró al poco tiempo de grabar algunos temas para el álbum debut, el robo de los equipos y los instrumentos en un evento en una discotheque, un manager que se comprometió a rentabilizar un fondo para la banda y que posteriormente se fugó al extranjero, y la repentina muerte de su padre, de tan solo 50 años de edad, producto de un infarto.

Curiosamente han pasado seis años desde esa serie de infortunios, que lo motivaron a desmantelar el grupo, y dos desde que Román aprendió a tocar guitarra. Braulio es un entusiasta: ve en Román una proyección suya. Curiosamente su antiguo conjunto musical fue bautizado Los Eternos. Él tenía 20 el año en que tomó la dolorosa decisión. Siguió con su carrera de ingeniería de sonido. Esto no significó que dejase de tocar la guitarra. Sin presiones la práctica se tornó más que habitual. En momentos de relajo, aprovecha de agarrar una acústica para interpretar algún hit histórico de Kansas, Pink Floyd o Led Zeppelin. Jimmy Page o Eric Clapton aprobarían con honores sus energéticos riffs y arpegios si lo vieran.

No cree que haya sido yeta él mismo por los problemas que le acarreó su breve carrera musical, pero se desmotivó mucho. No descarta seguir en otro momento, pero fueron demasiado situaciones lamentables en poco tiempo y justo en una época que él presentía un despegue artístico. Los Eternos hicieron un tributo a Led Zeppelin, Deep Purple y Peter Frampton durante cuatro años entre los dos últimos de colegio y los dos primeros de la universidad, después hicieron suficientes temas propios para un disco, claramente de hard rock. Fueron pocos meses pero muy intensos: varias presentaciones, giras y participaciones en festivales, hasta la creación de un club de fans y el interés de algún productor o uno que otro ejecutivo.

Sin embargo, pasados los años el “bichito” del amor por la música de guitarras duras continúa. Braulio se ve reflejado en Román porque hasta se parecen y han llegado a vestirse igual. El sobrino es una versión más esbelta y adolescente del tío. Pelo castaño y muy crespo, estilo Slash de Guns N’ Roses, y como ropa casi habitual, chaqueta de cuero y pantalón de mezclilla azul algo desteñido.

Aunque siendo un niño Román alcanzó a ver actuar en vivo a Braulio, después vio videos al respecto, escuchó audios (demos o ensayos) y fue testigo de cómo tocaba las seis cuerdas en reuniones familiares. Entusiasmado Román, al regalarle Braulio su primera guitarra alimentó la ilusión de dominar el instrumento y de armar su propio grupo de rock. Posteriormente el tío le regaló una eléctrica.

¿Nace una estrella?

Cerca de cumplir los 17 y de cursar cuarto medio, Román fundó finalmente su grupo con unos amigos del colegio: Avispón Dorado le pusieron de nombre. “Le pediré a mi tío Braulio que sea nuestro representante”, les dijo tras un ensayo en el gimnasio del establecimiento. Cierta madurez y algo de superstición le indicaba que igualmente debía ser cauto y no repetir esquemas.

Dejaron de hacer tributos a Guns N’ Roses, Poison y otros grupos de moda. A pesar de que en un momento él y los muchachos se consideraban incluso más metaleros, con inclinaciones a escuchar más Iron Maiden, Metallica o Slayer, decidieron que una buena dirección era seguir una línea rockera con más concesiones comerciales, pero por sobre todo tener un repertorio propio y probado ante el público antes de grabar un álbum.

La conversación de Román con Braulio incluso concretó un valor agregado: ante la idea de power trío que los muchachos habían desarrollado, con guitarra y voz (a cargo de Román), bajo y batería, Braulio no solo se ofreció a ser manager, sino que sonidista, arreglador y, por si pareciera poco, tocar los teclados. Por añadidura se enteraron de la innovadora iniciativa del área de extensión del colegio de crear una escuela de rock y de organizar un concurso de talentos. Román y sus amigos estaban muy entusiasmados con todo, pero curiosamente más lo estaba Braulio.

A ese regocijo se agregaba la posibilidad de resarcirse consigo mismo. Muy atrás quedó la rabia acumulada. Nunca más supo del tipo que escapó con el dinero. Tampoco de quienes se robaron los equipos y los instrumentos. Algunas teorías e informaciones apuntaban al mismo sujeto: algo así como alguien que lideraba una banda delictual organizada y  “altamente especializada para esos fines y otros”. A pesar de algunos esfuerzos de la policía y la “recuperación” de un amplificador (muy parchado) en un sitio eriazo, no hubo un solo rastro más del tipo u otras personas. Ido todo con el viento, solamente quedaron las rumiaciones de Braulio.

Pero ahora todo era distinto. Su sobrino Román tiene su grupo, participarán en un concurso, ya conocieron las bases, la naturaleza de los premios para los tres primeros lugares y ya están muy enfocados en ensayar y en que el tema con el que van a competir, “Dulce desquite”, no solamente logre su mejor forma sino que, por el espíritu de su letra, originalidad y potencial, gane el certamen.

“Rozagante Rocinante”

Una semana antes del evento, a un mes de los primeros acordes y palabras sueltas que dieron origen a “Dulce desquite” y con una importante participación de Braulio, la canción ya ha adquirido una solidez y soltura dignas de músicos profesionales y el suficiente atractivo como para lograr un impacto trascendente.

“Altos y bajos, querida/no lograron derrumbarme/la esperanza me dio vida/rozagante Rocinante”, canta en una estrofa Román, muy convincente y con un vozarrón y postura que recuerda un poco a Camilo Sesto en “Jesuscristo Superestrella”. La han tocado varias veces durante las horas de ensayo autorizadas para cada grupo en el gimnasio. Las novias de los jóvenes, incluyendo la de Román: Natalia, están contentas y motivadas. Pero hay otros testigos del desempeño de ellos. No vinculados al jurado pero con conocimientos musicales, incluyendo al integrante de un reputado grupo folclórico, un profesor de música del colegio y otro docente de ese ámbito y que conoció a Braulio cuando tocaba la guitarra en Los Eternos, han confesado a amigos y cercanos a Avispón Dorado, su muy grata impresión del cuarteto.

“Me recuerdan al espíritu acelerado y vívido de “Comunication Breakdown”, de los Zeppelin”, "los teclados le dan un toque progresivo, que enriquece las variantes del sonido” y “Braulio se graduó de eximio tecladista si es que antes solo tocaba guitarra. Me recuerda a Jon Lord”, han sido algunas de las frases expresadas por testigos familiarizados con el arte de los sonidos.

El día clave

Llega la jornada del concurso: un sábado muy primaveral. Son las 11 de la mañana y 300 butacas están perfectamente dispuestas para recibir a los asistentes en el auditorio donde tendrá lugar el evento. La veintena de grupos postulantes esperan en igual número de salas. Todo comenzará en una hora más. El nerviosismo y la tensión son patentes. Los dimes y diretes se suceden en forma compulsiva.

Pasadas las 12 horas y con las actuaciones de un par de agrupaciones, la atmósfera emocional no ha cambiado.

-Dicen que esto está arreglado y Cóndor Sideral ganará -enfatiza algo incrédulo Bastián el baterista.

-¿Quién te dijo eso? -pregunta extrañado Román.

-Lo escuché en el baño.

-Bueno, si es por eso ganará Dragón Violeta -sostiene irónico Gonzalo, el bajista.

-¿Y dónde escuchaste eso? - retruca Bastián.

-Cuando fui al baño -responde Gonzalo. Todos ríen menos Bastián.

-Muchachos: fuera de broma tenemos méritos para ganar. Yo nunca logré resultados satisfactorios en un concurso, pero por primera vez tengo una corazonada fuerte en una situación como esta. Independientemente de que ganemos o no, ustedes ya son ganadores espiritualmente hablando. Tomen esto como un desafío -puntualiza Braulio. Los muchachos asienten sonrientes. Román le palmotea la espalda a su tío.

Pero Braulio muestra esa coraza para motivar a los jóvenes. Por dentro han brotado, cada cierta cantidad de rato, sus propios fantasmas: el sujeto que se escapó con la plata, los equipos e instrumentos, el disco que no fue, la muerte de su padre...No ha alcanzado a entrar en pánico: de repente vuelve a recordar cuan talentosos son sus muchachos y le vuelve el optimismo. Pero después irrumpe de nuevo el malestar. Es como un zigzag anímico bien extraño.

Son los penúltimos en tocar porque los organizadores determinaron que las presentaciones son por orden de inscripción. “Puede ser una ventaja, pero también los integrantes del jurado estarán cansados”, piensa Braulio, conforme a esos mismos zigzagueos mentales que le vienen. Rato después estimula a los jóvenes con frases del tono: “ustedes son los mejores”.

Considerando algunas pausas, ajustes de sonido, pruebas menores y la hora de almuerzo alrededor de las 13 horas, la organización calcula que a razón de unas nueve bandas por hora, Avispón Dorado actuará pasadas las 15 horas. El esquema de tensiones y distensiones se mantiene hasta que llega el momento.

-A continuación les presentamos a Avispón Dorado, cuarteto integrado por Román Buitrago en guitarra y voz, Gonzalo Giusti en bajo, Bastián Busquets en batería y Braulio Soriano en teclados y segunda voz, con el tema “Dulce desquite” -detalla en voz alta y amplificada el animador. Los aplausos se dividen en unos tibios y otros entusiastas.

Segundos de duda

Tras un inicio en falso (Gonzalo se apresuró con el bajo y Bastián entró a destiempo con un redoble de la caja), el jurado casi sin meditarlo acepta un nuevo comienzo de “Dulce desquite” (aunque el presidente de la instancia arrugó un poco la frente y carraspeó). Alguien del público comenta a viva voz: “¡pero esto es inédito!: dos horas y no había ocurrido algo así”. Se siente una que otra tibia rechifla. Las novias de los muchachos se inquietan pero mantienen la compostura.

El nuevo comienzo da origen a una verdadera clase magistral y contagiosa de potencia rockera. Román domina la escena con toda la destreza guitarrística que heredó de Braulio y, a su vez, hace gala de un histrionismo que recuerda un poco, no solamente una gestualidad próxima a Camilo Sesto, sino que el perfil de “Dulce desquite” como un homenaje a su tío más que una canción de amor. Gonzalo y Bastián, a su vez, lucen sus talentos y hacen olvidar un tanto esa mañosa caricatura del bajo y la batería como simples instrumentos de marcación o de base. Y Braulio, a su vez, arropa y otorga más belleza al tema con el piano eléctrico. El rol de tecladista y segunda voz lo cumple a cabalidad. 

A los dos minutos la gente canta a gritos el estribillo, a los tres bate las palmas y a los cuatro y hacia el final, todos los asistentes escuchan con mucha atención y la gran mayoría, sobre todo mujeres de distintas edades, bailan de pie sobre las sillas y, el resto, en las zonas aledañas y los accesos. Termina “Dulce desquite” y las hurras se prolongan por un minuto de aplausos furiosos y gritos como “¡bravo!” y “¡se pasó!”.

Los rostros sonrientes de Román y su grupo ahorran palabras. Pasada un poco la algarabía, un asistente de sonido, un desconocido para el grupo, se acerca a Braulio y le susurra al oído: “el grupo que iba a cerrar la competencia se bajó” para luego añadir “vi un papel cuidadosamente escrito por el presidente del jurado y detecté que el nombre del grupo de ustedes encabeza una lista muy corta firmada por los cuatro miembros...pero haz cuenta que nunca te lo dije”. Braulio sonríe levemente y, antes de abandonar el escenario, el rector del colegio se le acerca sigilosamente.

-¿Te acuerdas que teníamos problemas para lanzar la escuela de rock?

-Sí.

-Bueno, ya lo resolvimos: tú serás el director -dicho esto por el mandamás del colegio, Braulio vuelve a sonreír, pero no articula palabra alguna.

-Te agregaré algo más...

-Dígame...

-El ejecutivo de un sello los vio actuando recién. Quiere hablar contigo y con Román.

-...

-Le ofrecerá un contrato al grupo para grabar un disco.

Mientras tanto el jurado delibera (supuestamente).


09 abril 2025

Quiero volver a ti y amarte hasta morir

Pareja de enamorados (foto de Ibrahim Asad)
Por Gonzalo Figueroa Cea

17 de octubre de 2019 

Popular tema de Juan Antonio Labra, transformado nuevamente en hit por Lucy Helena, inspiró un sublime momento de amor entre Andrés y Nieves.

Los éxitos de Lucy Helena son escuchados en gran parte de América Latina. «He sentido amor», «Camina minero», «El vino» y «No puedo amarte más» son algunos de las canciones preferidas de sus fans, que en crecen en número día a día, la transforman en la artista más popular de un mes en la escuchadísima radio Gema – de alta recepción continental-, descargan sus temas y sus álbumes en las principales plataformas de música popular para escucharlos, bailarlos, hacer dedicatorias y alabarla constantemente por las redes sociales. La cantante chilena tiene clubes de seguidores en su país y en México, donde además una fundación que desarrolla una gran labor social descubrió su enorme sensibilidad por el bienestar de sus pares y, por tal noble atributo, la nombró embajadora.

La belleza, la energía y el talento de Lu también irradian milagros. Y en esa categoría entra la historia de amor de Andrés y Nieves.

Desilusionada ella por una infidelidad de la que fue objeto por parte de Andrés y que había puesto en peligro más de 20 años de relación, lo echó de la casa y se juramentó no verlo más. ¿Los hijos de ambos?. Él podía verlos a ellos, pero… ¿él a ella?. Por ningún motivo, conforme a un sentir que ella no estaba dispuesta a negociar.

Pasaron un par de meses hasta que un día de sol primaveral, la Jesús -la hija mayor de ambos, de 16 años de edad- le pidió permiso a Nieves para ir a comprar a un almacén cercano.

-¡Ya eres grandecita!. ¡No necesitas que te dé permiso! -exclamó algo molesta Nieves a la Jesús, mientras preparaba el almuerzo. Acto seguido, Jesús fue a comprar con su hermano Dámaso, de 11 años.

No pasaron más de 20 minutos y los hijos de aquella relación herida volvieron. Nieves tenía casi listos tres platos generosos de arroz con salsa y una exquisita y abundante ensalada surtida. La mujer estaba levemente de mejor humor.

-Esto necesita de música apropiada para la ocasión -sostuvo la muchacha de 16 años, quien tras dejar un envase de helado de piña (igualmente abundante) en el refrigerador, le pidió a su hermano que trajera un notebook, unos parlantes pequeños y un cargador para ponerlos en un costado de la mesa. Nieves quedó extrañada, más todavía cuando sintió un extraño aroma a incienso, que puso su hija.

-Bueno, al menos hay suficiente espacio en la mesa- reflexionó. El incienso, con un peculiar aroma a lavanda, estaba en el esquinero. Un dato curioso: ambos muebles, de pino oregón, fueron regalados por la familia del padre de sus hijos cuando la pareja decidió vivir bajo un mismo techo. Habían pasado 15 años…La Jesús tenía uno cuando se fueron a vivir allí.

Los muchachos sólo tardaron algunos minutos en manipular equipos y cables para que, finalmente, se lograra escuchar el delicado comienzo de una canción, cuya elegante percusión programada y hermosa melodía del principio eran tan inconfundibles como el resto del audio, con sus coros y bella voz líder.

«Cuantas noches y tú no estás/ sueño tanto tenerte y tú no estás/ cada minuto amor, yo me arrepiento de mi error, si por mi culpa te perdí.. .». Nieves, se apoyó en la cocina, todavía con una temperatura alta por las recientes cocciones aunque tolerable para sus manos, miró seria un reloj de pared que estaba colgado frente a sus ojos, aparentemente le afloró un recuerdo, agachó la cabeza y lloró, sin disimular un minuto y en forma histriónica.

«Quiero volver a ti/ por favor permítelo/ quiero tenerte aquí/ amarte hasta morir… «. La canción continuó su curso desde el pequeño computador y, ya en la segunda ocasión del estribillo, ella sintió una mano suave en su espalda, la que tomó tiernamente al acercarse al cuello. No se dio vuelta. Detrás de uno de sus oídos una voz susurró con dulzura el estribillo hasta que esa misma boca y la de ella pronunciaron al unísono «amarte hasta morir… «. Así continuaron en el resto del tema escuchado, con la poderosa muralla sonora de Lucy Helena y su gran banda…Hasta que Nieves y Andrés -traído de vuelta por iniciativa de los hijos de ambos- se fundieron en un apasionado beso.

-¡Hará falta otro plato de arroz con salsa! -enfatizó Dámaso, sonriente y muy cerca de la mesa, con la mirada fija en el sector de la cocina, cuya puerta plegable de madera dejaba al descubierto el beso entre sus padres. Al lado del muchachito estaba Jesús, igualmente sonriente.

-Y si de salsa se trata, ¡pondré «El Vino» o «He sentido amor»! -complementa con entusiasmo la muchacha, antes que todos se reían de la felicidad y se fundan en un abrazo.

Visita los enlaces de Lucy Helena en Internet:

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02 abril 2025

Un caballero

Chop cerveza (sitio Multibrand)
2 de noviembre de 2018

Hay un ambiente agradable en el House, Rock & Country. Es verano, son algo más de las 23 horas del sábado y la temperatura es óptima. Afuera la mayoría de la gente fuma a la espera de la presentación de la banda contemplada para la jornada. Mi esposa está en la casa con nuestras dos pequeñas. El acuerdo es muy simple: cuando no podemos salir los dos, uno se queda y la otra sale, o viceversa como ahora.

Converso con Úrsula de rock, tras hacerlo de política, mientras la música de fondo, proveniente de unos potentes parlantes y congruente con un recital de Toto, corresponde al animado instrumental «Child’s Anthem». Casi todos están encuerados: los hombres de chaqueta combinada con el clásico jeans y las mujeres, casi una mayoría relativa, al unísono con ellos. El negro y el azul dominan ampliamente. Mi estilo es el de Caszely: soy el único que lleva una polera lila con un banano encima y sólo coincido con el resto por los pantalones de mezclilla. Nunca me ha agradado parecerme a la mayoría.

-Hace tiempo que no venías para acá -enfatiza Úrsula antes de sorber su suculento primer chop (yo todavía no me animo a inaugurar el mío).

-Al juzgar por tus comentarios en redes sociales, tú tampoco -le retruco a ella, quien mientras apoya la cabeza con su mano izquierda, con la otra pasa sus dedos por su lacia melena rojiza.

-La muchacha que nos sirvió cerveza te sonríe harto -dice Úrsula casi en tono de revelación, mientras se escucha el instrumental de Genesis «Do the Neurotic». Ella ya le dio al súper chop su segundo sorbo.

Como que quedo perplejo. Callo varios segundos. Una eternidad en una conversación con una amiga que me conoce hasta mis debilidades…Claro, no tanto como las conoce mi mujer. Me pongo rojo.

-Claramente le gustas. Y a ti te gusta -opina mi amiga, siempre tan despierta.

-Es una especie de clon de Francisca Valenzuela, pero en «frasco chico» -me limito a decir…Confieso que la alusión fue un tanto grosera, poco digna de estos tiempos. Me pongo nervioso y me tomo de un viaje la mitad de mi chop.

-Si ella te hubiese escuchado te hubiese pegado una cachetada, Andrés -me responde Úrsula.

-Lo sé.

-Eres un caballero. Eso de «frasco chico» no responde a tu perfil -complementa ella antes de largar una sonora risotada. El ruido no es tan fuerte. El volumen de la música es lo suficientemente alto para disfrutarlo y lo suficientemente moderado para conversar. En este momento escuchamos «The Camera Eye» de Rush. Mi amiga comenta sobre los punteos de Alex Lifeson, pero yo sé que el desempeño de Neil Peart en la batería y sobre todo la voz de Geddy Lee le causan una excitación especial. Tiene casi terminado su chop y le hace señas a la misma chica para que le traiga otro.

-¿Y tú pensando en tu media naranja? -le pregunto.

-No viene hoy -responde seca. No tiene nada más que responder para que yo comprenda que simplemente no desea dar más detalles. Pasan algunos minutos. La pantalla y el sonido ambiente coinciden ahora con Pink Floyd y su versión de «Comfortably numb» de «Pulse». La gente empieza a volver de fumar. Pronto empezará la actuación del cuarteto anunciado.

-Te veo confortablemente adormecida-.Ríe fuerte nuevamente antes de responderme aquella pregunta con inspiración floydiana.

-Veo como ella no dejar mirarte. Puede estar atendiendo a otros clientes, pero siempre hay algún momento en que ella te mira. La he pillado varias veces.

-Sí me he dado cuenta, Úrsula  –contraataco serio.

-Yo también te lo he notado, amigo.

-¡Eres muy observadora, amiga! –digo y sonrío.

-Tengo la seguridad que Nieves nunca se sentirá engañada por ti -responde Úrsula. El recital de la banda estrella de la noche está por empezar. Mientras ella y yo estamos disfrutando de «Fortress around your heart» de Sting.