Fracción de segundo
| Ciclismo (sitio Pixabay) |
Por Gonzalo Figueroa Cea
Sin embargo pasa una fracción de segundo y, mientras los ansiosos pero mayoritariamente observadores peatones cruzan la primera calle referida, se siente desde el sector de la calle colindante, donde debiese haber gente parada esperando su turno para cruzar, un grito parecido (no igual) al de un histriónico futbolista cuando un adversario lo derriba sin pelota.
Se trata de un ciclista de aquellos que se jactan de contar con su indumentaria completa y con colores llamativos, quien al no sentirse satisfecho con la posibilidad de no poder cruzar la Alameda a la velocidad deseada porque le tocó la luz roja, no renuncia al deseo de cruzar con su bicicleta a esa misma velocidad y, con la prepotencia característica de quien considera propiedad privada un bien público: nuestras calles, grita (el mismo grito aludido) para advertir al resto de los mortales que tienen que abrirse camino para que él pase veloz... aunque la luz verde es para el resto, no para él.
Igualmente, en esa mismísima fracción de segundo, hay personas que alcanzan a molestarse: “¡qué se cree este hijo de p...!","¡está loco este c... de su... ! " y otras expresiones por el estilo abundan entre los pensamientos y dichos rápidos sin pensarlos (valga la redundancia). No obstante, nunca falta el ingenioso que desafía al villano de turno, quizás mediante una respuesta cuestionable pero siempre con un objetivo que pudiese definirse así como "hacer justicia en favor de las mayorías silenciosas". Un "Robin Hood a su manera", dirían por ahí.
Lo cierto es que ese hombre, que por casualidad lleva una caña de bambú, no encuentra nada mejor - y al más puro estilo de Indiana Jones cuando lo persiguen los motociclistas nazis en "La Última Cruzada"- que introducir hábilmente el palo al medio de los rayos de la rueda delantera de la bicicleta del mencionado sujeto para que aquel dé una vuelta en el aire y se saque cresta y media en el duro plomo de la calle.
-¡Concha de tu madre! - se queja amargamente el ciclista herido, quien a pesar de las naturales reacciones de auxilio a su favor, provoca risotadas y gestos de indiferencia casi al nivel de témpano de hielo por parte de los varios mortales que pasan por allí y que lo ubican bien, no sólo por lo de hoy sino que desde hace mucho tiempo y por distintas clases de "audacias".
-Es que no es primera vez. Ha copiado las mismas malas costumbres de muchos choferes de micro y de taxi y hasta conductores de vehículos particulares: creerse dueño de la calzada y que el resto de la gente esté a su merced - enfatiza el dueño de un quiosco, conocido por sus reflexiones de gran profundidad en torno a las experiencias callejeras.
-Lo fui a socorrer, pero le dije allí mismo que yo no puedo representarlo a él. Está loco. Yo soy presidente de una organización de ciclistas. Pero no podemos fomentar la prepotencia. Él se la busco - sostiene a su vez el hombre que, sólo algunos días después, se referirá a estas "audacias" en una charla sobre educación vial, que tendrá lugar en un colegio.
El hombre que provocó el reciente incidente va a enrostrarle al averiado cletero unas cuantas faltas que ya había cometido, pero lo separan porque consideran que sería demasiado castigarlo más por el estado en que el deportista se encuentra. Pronto llegará la ambulancia.
-Parece que esos dos se tenían ganas - infiere un transeúnte.
-Lo que pasa es que esos dos ya habían protagonizado un altercado de tránsito muy confuso - responde el dueño del quiosco.
-¿Y quién tuvo la culpa?
-El mismo ciclista.
-¿Y lo asumió?
-No. Esa vez trató destempladamente a una señora que tenía la preferencia al caminar por la calle.
-¿Y cómo se involucró el otro tipo?
-Fue testigo. Pero se bajó de su camioneta y, al igual que ahora, quiso golpearlo. De hecho lo botó al suelo, pero unos amigos del ciclista lo separaron.
El deportista se salvó de una golpiza esa vez, pero del porrazo de hoy, no.
Conclusión: quizás los ciclistas, avezados o aficionados, tengan razón al reclamar más espacios y respeto en las vías, pero al momento de los "quiubos" algunos de ellos le crean mala fama a quienes usan el mismo medio de transporte. ¿Cómo? Copiando lo peor de los chóferes de micro, taxistas, colectiveros, conductores de vehículos particulares, motociclistas y hasta de los mismos peatones.
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